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Entrevista

Cuando aun no levantaba tres palmos del suelo, Juan Tamariz ya castigaba a sus progenitores pidiéndoles juegos de magia a diestro y siniestro. Cuando se calzó pantalón largo, estudió Ciencias Físicas. Pero le apasionaba demasiado el mundo de las ilusiones... Intentó ser director de cine y la censura franquista le chafó su más anhelado número. Durante un tiempo, incluso jugó a ser un Tacañón contando "Un, dos, tres" con Chicho. Y acabó paseando su porte y su baraja de naipes por todo el mundo, fuera Chicago, Estocolmo, Tokio o Sotillo del Palancar, y colándose en millones de hogares gracias a la radio y la televisión. Ahora, todos los lunes y martes de febrero, este multipremiado y requeteadmirado mago estará en el Teatro Marquina, dispuesto a asombrarnos una vez más con su "Magia Potagia". ¿No oyen ya su violín?

El gusanillo por la magia entró pronto por tu cuerpo...

Sí, cuando era un chiquillo, tenía 6 o 7 años, por alguna razón empecé a pedir a mis padres cajas de magia o que me llevaran a tal circo porque actuaba tal o cual mago... No sé bien por qué, pero tuvo que haber algún mago que me fascinara. O alguna maga. Jajajajaja...

¿Y ya empezaste entonces a hacer trucos?

Sí, sí, como te digo mis padres los pobres me compraban las cajas de magia. Y yo iba de casa en casa haciendo los juegos. Yo prefiero llamarlo juegos por el contenido lúdico que conllevan... Y ahí estaba yo: iba una tarde a casa de mis primos, y luego repetía el juego en casa de unos amigos, o en la de los vecinos. Como en la caja sólo había ocho juegos, puedes imaginar cómo acababan de hartos conmigo. Repetía los juegos hasta la saciedad...

Pero parece que la sangre tira. Tu tío abuelo sa habría labrado un nombre como ilusionista en Andalucía...

Sí, pero yo me enteré años después. Mi familia es de Écija, y un día en una de esas típicas reuniones familiares hice un juego y alguien soltó: "Anda, igual que tu tío abuelo". Y entonces me enteré. Hasta ese día, no sabía nada de él. Luego ya supe que fue un noble venido a menos, y al que le gustaba esto de la magia. Incluso descubrí en un ABC de milochocientos y pico una poesía dedicada a él, el marqués don Luis Negrón.

Y cien años después, en 1961, tú intentas falsear tu edad para que te acepten en la Sociedad Española de Ilusionismo...

Jajajaja... Bueno, sí. Y me pillaron. Tenía entonces 16 años y la edad exigida eran 20. Pero lo intenté un par de años después, hice mi presentación, les gustó, hicieron la vista gorda y me dejaron ser uno más.

La Sociedad Española de Ilusionismo, congresos, colegios, incluso becas (tú conseguiste una para asistir al Congreso Internacional de Barcelona en 1964)... ¿No parece un mundo propio de Harry Potter?

No es tanto así, pero sí es verdad que los aficionados a la magia tienden a reunirse para compartir esta afición. No creas que va en plan rollo académico. Hay escuelas de magia, claro. Mi propia hija tiene una en Madrid. Pero lo bonito de todo eso que nombras es la existencia de gente que querría dedicarse a esto y puede hacerlo gracias a esas instituciones.

¿Y es fácil dar con ellas? Porque yo he conocido su existencia al documentarme sobre el tema... pero no sabía nada de ellas hasta ese momento.

No es fácil, no. (Risas) Un mago ha de tener sus misterios. (Más risas) No es fácil, de hecho a cualquiera le es ajeno. Pero es fundamental que existan. Imagina si yo podría haberlas encontrado antes de estar tantos años por ahí, flotando por el mundo...

No tantos. Estudiaste Ciencias Físicas...

Pero no las acabé. Yo quería hacer cine. Y en aquellos años, había que tener tres años de una carrera para entrar en la Escuela de Cine. Y me apunté a Físicas porque me pillaba cerca... y porque había muchas chicas.

Pero acabaste estudiando cine, tu pasión, junto a José Luis García Sánchez y Miguel Hermoso...

Sí, sí, estaban en la Escuela también. Pero tampoco acabé...

He oído algo de una huelga...

¿Huelga? Hacíamos muchas. Recuerda que eran años de represión. Y al poder le interesaba sobremanera cerrar aquella Escuela, con tantos jóvenes con tantas ideas. Y una vez nos plantamos... y nos salió mal. O bien, según se mire. Pero la Escuela la cerraron.

¿En qué año ocurrió eso?

En 1970.

Pues tres años después, conmocionabas ya al público internacional. Fue en el Congreso Internacional de Francia, con un juego donde incorporabas una armónica. ¿Puedes contarnos en qué consistía, sin desvelar altos secretos por supuesto?

Tiene gracia. Era el Número de París, que ya lo intentaba realizar un par de años antes pero no lo dominaba totalmente. Son 12 ó 13 años de trabajo para 15 minutos, imagínate. Yo tocaba la armónica a la vez que hacía el juego, y había temas que iban apareciendo y desapareciendo. Una sonata, otra... De todos modos, la gente habla bien del juego porque yo consigo que lo hagan. Mis jamones me cuesta. (Risas)

¿Y cuándo decidiste cambiar la armónica por el violín?

Sigo con ambas. Es curioso: mucha gente me pregunta por el violín. Y yo no pienso mucho en ello. Es algo natural. Y así fue como salió. Yo de vez en cuando gritaba, canturreaba, en mis actuaciones. Y un buen día me puse a tocar.

Lo tuyo es montar, aunque sea entre comillas, "el espectáculo". En tus inicios ya realizaste un aplaudido número, "Los mancos", con tu amigo el Mago Antón. ¿En qué consistía?

Juan, Juan Antón... ¡Maestro! Ese número lo llevamos por medio mundo. Salíamos a escena los dos fingiendo ser mancos, con una de las mangas de la chaqueta doblada y cosida. Nos sentábamos juntos, el uno junto al otro. Y entonces coordinábamos nuestros movimientos de manera que pareciéramos dos mancos... o un solo mago. Y no resultaba tan difícil, porque la gente no se daba cuenta de esas manos que nosotros, susbrepticia y maquiavélicamente, movíamos debajo de la mesa. Nos reíamos mucho. Era como tener un ayudante enanito escondido ahí debajo...

Parece que entre vosotros los magos no existe rivalidad. Y si existe es una suerte de rivalidad sana...

Sí, sí. Claro está, al ser seres humanos también tenemos los mismos defectos y las mismas virtudes que los demás. Pero en general nos llevamos bien, nos contamos cosas, nos preocupamos por los ingenios de los demás... Es muy curioso llegar a una reunión de magos, o a una conferencia, y ver como se te acerca alguno y te dice: "Cuidado, por este lado te pueden ver y tal...". Yo acabo de llegar ahora de una conferencia en Alemania y me ha vuelto a ocurrir. Siempre ocurre. Los otros magos no te reciben nunca como una competencia. Te ven más como alguien de quien aprender.

¿Y a qué magos admira Juan Tamariz?

A un argentino llamado René Lavard, que lo hace todo con una sola mano. Y es capaz de hacerlo mientras recita a Borges. Es un prodigio. Y a Pepe Carroll, que desgraciadamente falleció el pasado año. Era un gran mago. Y mejor amigo. Con él he compartido mucho. Hacíamos un skecth en que los dos competíamos como tahúres, todo muy teatralizado y con toques de comedia. Era increíble.

Tú también despiertas la admiración...

Sí, entre las mujeres. Suele ser algo habitual.

(Risas) ...y entre otros magos. El prestigioso Dai Vernon dijo en una ocasión que "en 80 años de magia" nadie le había engañado como tú lo hiciste. Y otros magos jóvenes como Mag Lari o Daryl Easton han hecho pública la influencia que tuvieron tus actuaciones en su decisión de dedicarse a la magia. Incluso Jorge Blass, el chico aquel del truco de la cuerda en una anuncio de telefonía, fue alumno tuyo...

Bueno, es alumno de la Escuela de mi hija... Y sí, uno lleva muchos años en esto. Los otros ven la pasión y las ganas de sorprender a la gente, que aun continuan intactas. Y tal vez por eso me dediquen esas palabras... También son las ganas de que me retire. Y así podrán ocupar mi sitio. ¡Pero no lo lograrán! Aviso: me quedan 30 años más... Jajajajaja...

Pasemos a otras cuestiones. También interpretaste el papel de Don Estrecho, uno de los Tacañones, en el "Un, dos, tres".

Sí, allá por el 76. Chicho Ibáñez Serrador me había visto en una serie de programas en la televisión inglesa, y me llamó para ofrecerme el papel. Representaba a esa parte reprimida de España, una España en la que acababa de fallecer Franco. Pero el hedor del dictador estaba aun en todas partes... y tampoco podíamos pasarnos demasiado. Acabé diciéndole a Chicho que aquello me podía. Yo no era, ni soy, actor. Y me resultaba muy complicado. Luego Chicho y yo volveríamos a hacer cosas juntos, pero yo ya como mago. Que era lo mío.

¿Y no hay sitio para ti en la televisión de hoy?

Ellos siguen queriendo que vuelva. Pero yo insisto en que hace diez años que no quiero hacer televisión. Ya me conozco ese sufrimiento. Y me encantó tratar de llevar la magia a las personas, la mía y la de otros. Pero la televisión de ahora no me interesa. Ahora tienes que comprarte unos calzoncillos nuevos porque a los dos minutos te están pidiendo que te bajes los pantalones...

Y tú prefieres seguir con otras aventuras, como tu editorial, Frakson...

Sí, sí. La fundé con Ramón Maireta, un escritor fantástico. Pero luego durante años la dejamos a un lado, Ramón acabó escribiendo novelas fenomenales... y ahora la reiniciamos Gema, mi mujer, y yo. Hemos lanzado un libro en Alemania y otro en EE. UU. no hace mucho. "Sinfonía en mnemónica mayor", se llama uno de ellos. (N. del E.: Un verdadero catálogo de juegos visuales, apariciones y demás trucos editado en dos tomos. Háganse con él y serán el centro de atención de todas las fiestas sin necesidad del curso CEAC de guitarra. Garantizado)

¿Nunca has pensado escribir una obra de ficción?

Noooo... Hubo una época en que me salían con facilidad los guiones. Claro que, como te decía, también quise ser director de cine. Pero luego me convencí que lo mío era la magia. En esta vida me ha tocado ser mago. Y me he pedido seguir siéndolo en mi reencarnación. Y como para la segunda reencarnación me he pedido ser pianista, que es otra vocación frustrada, pues me has dado la idea para la tercera. Escritor. Que después de mago y pianista no está nada mal.

Tu padre te presentaba a sus amistades como su hijo pequeño, "el titiritero". ¿Que te entró por el cuerpo cuando tu hija te dijo que quería seguir tus pasos y crear una Escuela de Magia?

Me pareció maravilloso. Pero no le enseñé nada. Creo que lo más hermoso de esta vida es que los hijos tengan la libertad suficiente como para decidir y aprender por ellos mismos. Eso sí, puedo decirte que he comprobado cómo transmiten la pasión, el rigor por la magia en esa Escuela. Y estoy orgulloso de que comprendan la magia como un arte bellísimo.

Hablando de rigores y disciplinas, tú siempres has dicho que trabajas de noche. Y que dedicas tres o cuatro meses de trabajo a trucos que luego pones en práctica durante unos tres años. ¿El mago nace o se hace?

Hay juegos que salen en meses, incluso días, y otros que pueden llevarte años. Hay juegos que te exigen una labor alquímica impensable, ir de alambique en alambique. En mi espectáculo preparo juegos para cinco horas, pero el espectáculo sólo dura dos. Llevo mi estuche de violín. Y como no hay violín (más risas) hay espacio suficiente para distintos bloques de juegos. Cada día es distinto. Y los juegos van saliendo según el público. Habitualmente hay uno o dos que te fallan y has de cambiar sobre la marcha...

¿Entonces piensas que la magia tiene mucho de psicología?

Por supuesto. Siempre he dicho que la magia de cerca es un 60 ó 70 % de psicología. Y luego una pizca de habilidad digital. Los magos son como los políticos, pero con intenciones más nobles. Yo no soy un showman. Me encanta que me aplaudan, pero no es lo que me mueve.

¿Y cuál es el placer más grande que te reporta la magia?

Sorprender. Traer los sueños a la realidad. Yo me baso mucho en la mitología para mis juegos. Y para la magia en general. La magia, como la mitología, como las leyendas, ponen los sueños en la realidad.


© Tali Carreto


 

 

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